12 de octubre, día de la Resistencia en Abya Yala.
12
de octubre, día de la Resistencia Indígena:
Breves
consideraciones sobre el despojo de tierras en Abya Yala, desde 1492.
Por: Félix Rincón.
Introducción.
Desde
la invasión europea en 1492, los pueblos de Abya Yala hemos enfrentado un
legado de opresión cuya raíz fundamental se encuentra en la tenencia de la
tierra. Mediante el robo y la imposición de un sistema económico feudal, se
fortalecieron figuras como el gamonalismo y el latifundio, cimientos de una
dependencia económica que ha persistido a lo largo de los siglos. Este régimen,
que contrasta tajantemente con la cosmovisión ancestral de la propiedad
colectiva, no solo invirtió un modelo de prosperidad y autonomía, sino que
también estableció un sistema de servidumbre que ha mutado, pero nunca ha
desaparecido por completo.
Estos
breves apuntes se centran en el ensayo sobre El problema de la Tierra de
José Carlos Mariátegui (2007) como una obra clave para entender algunos
conflictos sobre la tenencia de la tierra en la actualidad. A través de su
pensamiento, se revela la continuidad histórica del despojo: las prácticas
extractivistas de la colonia, que desestimaron la cultura agraria de nuestros
pueblos originarios, sentaron las bases para que los procesos independentistas
y republicanos, lejos de revertir este despojo, lo consolidaran con nuevas
formas de violencia económica y legal. Además, se analizarán las nuevas caras
del feudalismo, como el control de semillas y los monocultivos, argumentando
que la resistencia indígena y su comunalismo ancestral representan una fuerza
vital que se opone a un sistema que prioriza el beneficio individual sobre la
vida comunitaria.
Colonialismo y
extractivismo.
Para
José Carlos Mariátegui (2007), Abya Yala, desde la invasión europea, ha tirado
de un sinnúmero de lastres que tienen como centro la tenencia de la tierra,
mediante el robo de esta y la implementación de un régimen económico feudal que
fortalecen el gamonalismo, el latifundio y la servidumbre. El modelo de
propiedad de la tierra es un factor determinante en los modelos de
administración dentro de una nación, de lo cual se deduce que, del gamonalismo,
implantado durante la colonia y mantenido en los períodos republicanos, no se
puede esperar que las emergentes instituciones promuevan una economía próspera.
La arquitectura en el Perú incaico confirma la existencia de una cultura
agraria, fundamentada en el culto a la Mama Pacha y la heliolatría, de lo que
se concluye que, si el sol no es de nadie, la tierra tampoco lo es (Mariátegui,
2007, p. 42). Ese es el cimiento de la propiedad colectiva de la tierra
cultivable por el ayllu que permitió el florecimiento de esta
civilización que fue reemplazada por el régimen feudal durante la colonia. Se
cambia la economía agraria incaica por una economía extractivista invasora.
Siguiendo a Mariátegui (2007), el
colonizador español carecía de fundamentos económicos agrícolas, por lo que
desestimó el valor económico del hombre incaico (agrícola). El invasor se
enfocó en una economía extractivista que redujo el capital humano originario,
derivando en un sistema esclavista (p. 44). El indio no pudo ser asimilado,
como lo pretendían los invasores. Los suicidios colectivos, acto político de
resistencia, de nuestros compañeros indígenas a lo largo y ancho de nuestro
continente lo ratifican. El colonizador se ocupó primordialmente de la minería
y, ante la reducción demográfica indígena, implementó la incorporación de
esclavos para la extracción de recursos. El colonizador español no fue un
creador, simplemente fue un extractor de riquezas del subsuelo.
Comunidad
y revolución.
Mediante
la catequización, la comunidad indígena organizada, fue incorporada como un
engranaje dentro de la máquina colonial. La comunidad podía y debía subsistir,
para poder despojar sus tierras y, a su vez, tener tributadores, esto se logró
mediante las encomiendas, donde el encomendero era un señor feudal que disponía
de vidas y tierras (ejemplo patente de ello fue el cura Nicolas Ramírez).
Tierras que daba miserablemente a los indios, con la intención de mantenerlos
en el territorio y proveerse de mano de obra (Mariátegui, 2007, p. 52). Los
lotes dados a los comuneros eran insuficientes, y esto era clave para evitar la
emigración (aprovechándose de su conexión cosmogónica con la tierra),
manteniéndolos en un estado de dependencia y miseria. Lo anterior fueron las
bases de lo que vendría a ser la figura de los resguardos coloniales y del
bracero (terrajero).
Para Mariátegui (2007) las
revoluciones independentistas no cambiaron mucho el panorama, ya que la
tenencia de la tierra siguió siendo del gamonal, pues fueron los criollos
quienes enarbolaron las banderas libertarias, en tanto que los indígenas eran
esclavos dentro de las sociedades coloniales. El programa revolucionario de los
aristócratas nunca pretendió la reivindicación de los originarios (p. 54). Por
ello la política agraria proyectada y ejecutada para las repúblicas nunca atacó
al latifundio, sólo se limitó al reparto de tierras -que viene siendo la
prolongación de la figura de resguardos coloniales, ahora resguardos
republicanos- y este hecho si fue un ataque al ayllu. La abolición
teórica republicana de la servidumbre no fue más que un saludo a la bandera,
pues el latifundio nunca se tocó. La servidumbre es una cara de la feudalidad,
pero no es la feudalidad.
Repúblicas
y caudillos.
El
halo caudillista que se sentía en el ambiente revolucionario presagiaba el
mantenimiento del despojo y la servidumbre. Al rastrear los títulos de los
grandes terratenientes se evidencia la herencia despótica de la tenencia de la
tierra, fundamentada con el caudillismo. Es bien sabido por la historia que
casi todo caudillo remata en hacendado (Vasconcelos, 1926). Es por ello, tal
vez, que un nuevo ordenamiento jurídico y económico debe de partir de una
clase, no de un caudillo. “El legislador ordena que repartamos nuestros
terrenos de resguardos, pero no dice que el blanco, que tiene sus latifundios,
también los reparta. Como medio más apropiado para reivindicar nuestra raza
proscrita y abandonada” (Quintín Lame, 2004, p. 176). La falta de prácticas reales en beneficio de
los indígenas y la propiedad colectiva de la tierra derivó en la inexistencia
de leyes nacionales, por ello se recurre, en la actualidad, a tratados
internacionales que ayudan, y presionan, en la conformación de bloques
constitucionales, que son más permeables y permiten la evasión de
responsabilidades nacionales respecto a la reivindicación de nuestros pueblos
originarios. Lo que sí se ha dado es el fortalecimiento del latifundio mediante
nuevas prácticas.
Las
repúblicas heredaron y fortalecieron la propiedad feudal mediante el remate de
terrenos “baldíos” para la conformación de haciendas. La usurpación de tierras
que pertenecían ancestralmente a nuestros pueblos originarios, que incluso eran
resguardos coloniales, fue un ataque directo a la propiedad comunitaria, al
reducirlos muchísimo más al conformar los resguardos republicanos. “Destruir
las comunidades no significaba convertir a los indígenas en pequeños
propietarios y ni siquiera en asalariados libres, sino entregar sus tierras a
los gamonales y a su clientela” (Mariátegui, 2007, p. 60). Ahora bien, esta
pretensión de destruir sistemáticamente el ayllu no se ha conseguido, el
indio no se ha hecho individualista. El comunalismo del indio sigue siendo su
más férrea defensa. Las mingas de trabajo y las mingas de pensamiento que
perviven son prueba fehaciente de ello.
Con
los resguardos coloniales y republicanos se promulgaba, falazmente, el deseo de
proteger a los indígenas y su cosmovisión -al mantenerlos en su territorio, evitando
la inserción de estos en los cascos urbanos- pero lo que realmente se pretendía
con dicha romantización era restringirlos en pequeños territorios poco
productivos, con escasas fuentes hídricas y de difícil acceso, dejando las
tierras más fértiles para los gamonales. Este objetivo se conseguía incluso con
la masacre. “Habían expropiado, por las buenas o por las malas, a la mayoría de
los indígenas del «derecho de tierra» que les había tocado en las reparticiones
y los habían convertido de dueños en arrendatarios y peones” (Quintín Lame,
2004, p. 28). Los gamonales, ya con las
mejores tierras, no se preocupaban de la productividad de la tierra, sino sólo
de su rentabilidad mediante la explotación ilimitada de la fuerza de trabajo
del indio al proveerle las peores tierras de sus haciendas para que las “aproveche”
y viva allí. El hacendado, sin hacer nada más que ceder el terreno para ser
trabajado, se quedaba con la mitad de lo producido. La figura del bracero a la
que se refiere Mariátegui (2007, p. 77) equivale a la del “terrajero” en
Colombia, y que fue una lucha ardua a la que el Mayor Manuel Quintín Lame
dedicó su vida. Lo que se busca no son concesiones o caridad, sino la justa
restitución de lo que nos fue arrebatado.
Formas
actuales del feudalismo.
Siguiendo a Mariátegui (2007) la usurpación de las mejores tierras va de la mano con intereses económicos extranjeros (p. 78) y se fortalece con la inserción de maquinaria para monocultivos con fines de exportación. Estos tipos de cultivos se convierten en papeles financieros, bonos de deuda pública, con los que se generan grandes lucros para pocos y ruina para muchos (Pérez, 2007). Los indígenas hacen parte de esos muchos, pues cuando intentan acceder a créditos hipotecarios corren un gran riesgo, ya que con el cambio climático arriesgan cada día no sólo sus cosechas, sino sus tierras; tierras que en muchos casos pierden por la deuda y posteriormente serán adquiridas por los mismos banqueros para desarrollar monocultivos en vastas extensiones de tierra que terminan destruyendo ecosistemas, pueblos y saberes ancestrales. La violencia económica es una forma más de las muchas que usa el feudalismo.
Mariátegui (2007) notó que el feudalismo usa la violencia económica en la producción agrícola, en tanto que se proporcionan créditos para países que puedan ofrecer ventajas al mercado internacional. Los actuales terratenientes criollos responden a esos intereses económicos, no son más que agentes intermediarios del capitalismo y nuestros pueblos son solo vistos como depósitos de materias primas (p. 81). Ese modelo global necesita ser alimentado, por ello se reproduce de manera fractal. Los bancos nacionales prestan a quienes ayuden a fortalecer los intereses internacionales. Las transnacionales de semillas transgénicas y agroinsumos hacen lobby, con los grandes países y con bancos internacionales, para promover el uso exclusivo de sus semillas y agroquímicos, y esto se explicita en los Tratados de Libre Comercio (Pérez, 2007, p. 163), donde los países se comprometen a usar esos insumos por períodos mínimos de 20 años.
Desde los Congresos se
generan leyes, que serán apropiadas e impartidas como políticas públicas por
los Ministerios de Agricultura a las entidades territoriales de control
agrícola, que estimularán el uso de las semillas modificadas y prohibirán las
semillas nativas (ICA, 2010). Bajo estas leyes no sólo se busca la regulación
de las semillas en pro de una pseudo sanidad de los cultivos, sino que también
se promueve el monopolio transnacional mediante la criminalización de la
semilla nativa, al calificarlas de poco aptas para la producción a gran escala,
y derivando muchas veces, en la venta de predios a latifundistas que
implementan monocultivos en beneficio del mercado internacional. Esta práctica
conlleva a la aniquilación de culturas y saberes ancestrales, al atacar su
soberanía e independencia alimentaria, representada en sus semillas y sus tierras.
La semilla, potencia vital y propiedad comunitaria, pasó a ser una patente de
propiedad privada.
Consideraciones
finales.
Para
Mariátegui (2007) el carácter de la propiedad agraria es la mayor traba para el
desarrollo de las sociedades ancestralmente agrarias, ya que no se pretende
poner a producir la tierra sino mantener su estatus mediante la renta de la
tenencia de esta (p. 81). Tener la tierra implica una presencia real, activa, y
en el feudalismo no sucede. Si así fuera, la producción estaría primeramente
destinada a la satisfacción de las necesidades internas como sucedía en el
Imperio Incaico con los pósitos. Evidentemente lo que pretenden, los
neolatifundistas, es beneficiarse de la tenencia de la tierra, no de su
producción.
En
la actualidad, la deforestación es una herramienta utilizada para la invasión
de terrenos “baldíos”, posteriormente se insertan ganadería extensiva o
cultivos (lícitos o ilícitos) para lograr hacerse con títulos de posesión.
Finalmente se genera una rentabilidad a partir de la extracción de minerales e
hidrocarburos para satisfacer demandas extranjeras. La primera forma
extractivista de un recurso renovable, es justificada con la futura producción
agrícola y pecuaria, que deriva en un saneamiento del predio, pero que tiene
por objetivo, la extracción de recursos no renovables. El texto de Mariátegui
(2007) es muy actual en tanto que se evidencia que la práctica extractivista
colonial, propia de la economía feudal, prevalece de otras formas en nuestros territorios.
Correr
la frontera agraria con la falacia de la producción no es más que la
justificación de la usurpación de territorios que los indígenas hemos protegido
ancestralmente. El silencio e inoperancia de las instituciones no sólo
demuestra una orientación feudal en el pensamiento de los dirigentes políticos,
sino que evidencia los deseos de mantener el modelo a través de la violencia
sistemática contra la propiedad común del ayllu. Los líderes sociales y
los pueblos indígenas no somos una traba a la rueda falaz del progreso,
promovida desde el individualismo de la propiedad privada, sino una forma de
resistencia milenaria alternativa frente al despojo feudal. Nuestra visión
comunal, fundamentada en nuestras cosmogonías, es lo que nos permite resistir a
las diversas mutaciones que el feudalismo colonial ha tenido desde la invasión
hasta nuestros recientes días republicanos.
Para concluir, el legado de Mariátegui nos
invita a reconocer que el problema agrario no es una cuestión del pasado, sino
una herida abierta en nuestros territorios. La lógica feudal de la propiedad,
que privilegia el estatus sobre la producción, se manifiesta hoy a través del
extractivismo, la deforestación y la usurpación de tierras indígenas. La
falacia del progreso es el pretexto para un despojo colonial que continúa con
la complicidad institucional. Sin embargo, frente a esta continuidad, los
indígenas emergemos como resistencia milenaria. Nuestra cosmovisión comunal no es
un obstáculo, sino una alternativa fundamental para confrontar y superar las
diversas mutaciones del feudalismo colonial en la actualidad. Es necesario
descolonizar el pensamiento para que se de un proceso real de liberación de lo
humano y lo no-humano. El 12 de octubre se conmemora la resistencia originaria,
no la invasión. El 12 de octubre debe buscar la liberación, no la mera
emancipación.
Bibliografía:
Instituto Colombiano Agropecuario. (2010).
Resolución 970 de 2010. Por medio de la cual se establecen los requisitos
para la producción, acondicionamiento, importación, exportación,
almacenamiento, comercialización y/o uso de semillas para siembra en el país,
su control y se dictan otras disposiciones. Diario Oficial, 47.648.
Mariátegui, J. (2007). 7 ensayos de
interpretación de la realidad peruana. Caracas. Fundación Biblioteca
Ayacucho.
Pérez, O. (2007). TLC y pueblos
indígenas: entre el saqueo y la resistencia. Bogotá, D. C. Colección
Autonomía Indígena.
Quintín Lame, M. (2004). Los
pensamientos del indio que se educó dentro de las selvas colombianas. Cali.
Editorial Universidad del Cauca.
Vasconcelos, J. (1926). El Nacionalismo en la América Latina. Amauta, N
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